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Prefacio

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En todo conflicto, los protagonistas se hallan habitualmente tan obsesionados por la historia que han vivido que son incapaces de superar, psicológica e intelectualmente, el peso del pasado para volverse hacia el futuro y buscar una solución honorable, por imperfecta que sea, a ese conflicto. Y por supuesto la parte lesionada, oprimida, es susceptible a caer presa de tal obsesión.

Diferentes factores concurren a exacerbarla y perpetuarla: ante todo, la naturaleza del perjuicio causado, la actitud de terceras partes, la del opresor.

En el caso de los palestinos, víctimas del conflicto que los enfrenta al sionismo, todos esos factores están ahí y contribuyen a perpetuar de forma más duradera y dolorosa esa obsesión. Durante siete decenios — o casi —, desde comienzos de los años 1880 hasta 1948, los palestinos resultaron víctimas propiciatorias de un movimiento político judío de origen europeo, el sionismo; para ellos significaba el peligro más terrible que podía correr un pueblo, casi la aniquilación física, y en cualquier caso la negación de su derecho a la tierra de sus antepasados, Palestina. Y la amenaza no fue, en absoluto, virtual. En 1948, el año del “Desastre”, como lo llaman los palestinos, la colonización sionista, iniciada en 1880, llegó a su apogeo, temido durante mucho tiempo. Se asistió al doble fenómeno de la fundación del estado de Israel, por la fuerza de las armas, y de la deportación de los ciudadanos palestinos, expulsados de una veintena de sus ciudades y de unas cuatrocientas aldeas cuyos devastados emplazamientos iban a formar parte del territorio del nuevo estado judío.

En el curso de esta operación, fueron asesinados por lo menos diez mil palestinos, treinta mil sufrieron heridas y el sesenta por ciento de la población palestina, unas setecientas mil personas, se encontró sin hogar. Los palestinos no fueron aniquilados, propiamente hablando, en 1948, pero se vieron desposeídos de su patria.

La opinión pública mundial se apiadó de la suerte de los palestinos. Los países del Tercer Mundo, víctimas no hacía mucho del colonialismo europeo, se identificaron espontáneamente con la causa palestina. La propia India se reconoció en ella. Los países comunistas, y entre ellos la URSS y China, aun reconociendo la existencia de Israel, dieron su apoyo a los palestinos, por razones geopolíticas y también en el marco de su hostilidad al imperialismo occidental. Gran parte de la opinión pública europea se mostró sensible a los sufrimientos de los palestinos, reflejando así siglos de asociación y de interés por los asuntos del Oriente Medio.

Esta solidaridad moral de la opinión pública mundial fue, sí, un consuelo para los palestinos; pero los Estados Unidos de América cargaron todo su peso en la balanza concediendo una masiva ayuda al sionismo, antes y después de 1948. Grande es la responsabilidad de los Estados Unidos en los acontecimientos que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, acarrearon para los palestinos las terribles consecuencias del “Desastre” de 1948. A partir de entonces la ayuda estadounidense a Israel no ha cesado de
aumentar, a pesar de los atentados israelitas contra los derechos nacionales y humanos de los palestinos. El apoyo de los norteamericanos es lo que ha permitido que Israel haya persistido en su negación de esos derechos y lo más doloroso para los palestinos es que el expolio de que son víctimas haya recibido el aval de los Estados Unidos en nombre de los valores democráticos americanos. Situación tanto más paradójica cuanto que, evidentemente, la mayoría de los norteamericanos aprobaría una solución justa del conflicto palestino-israelí, una solución que garantizara la existencia y la seguridad de Israel al mismo tiempo que la identidad nacional y la autodeterminación de los palestinos.

Desde el inicio de su colonización de Palestina, los capataces del “sueño” sionista se desentendieron totalmente de las consecuencias que para los palestinos podía tener su empresa. Raramente admitían que hubiera una diferencia entre el sueño, que representaba ayer como hoy un absoluto intangible, y su traducción a hechos, sobre el terreno. Toda divergencia entre el sueño y la realidad no podía ser sino aberración momentánea. Así es cómo la conciencia sionista excluyó el ineludible encadenamiento que va de la acción sionista a la reacción palestina. A partir de 1948, y con excepción de un pequeño movimiento pacifista, los israelitas viven, como suele ocurrirles a los opresores, en un mundo fantasmagórico, complementario de la obsesión por
el pasado con la que viven los palestinos. Los israelíes, por su parte, no pueden soportar la mirada escrutadora del historiador sobre la actuación del sionismo en Palestina desde 1880, con el juicio moral que eso entraña. Su repugnancia es tan fuerte, responde tan exactamente a una necesidad psicológica, que los israelíes han llegado a convencerse y a convencer a sus amigos — apelando al auxilio de un revisionismo y una racionalización históricas — de que no existían palestinos con anterioridad a 1948; o bien, otra solución, de que, si existían los palestinos, éstos habían sido los agresores y los perseguidores de los sionistas. Postrer refinamiento de la teoría: los israelíes han convertido a sus víctimas palestinas en “fanáticos”, “terroristas”, portadores de un atavismo cuyas fuentes se pueden encontrar, a poco que se busquen. Así es cómo se han podido corromper las razones de la resistencia palestina contra el sionismo e Israel. Cualquier cosa era preferible a ver en ellas las consecuencias del conflicto existente, cualquier cosa valía
más que enfrentar a los israelíes con su responsabilidad moral y con un examen de conciencia.

Si el año 1948 hubiera marcado el final del expolio de los derechos de los palestinos por los sionistas, la reparación de los daños así infligidos habría requerido un tiempo y unos esfuerzos considerables.

Pero durante los dos decenios transcurridos entre 1948 y 1967 Israel se negó despiadadamente a cualquier gesto de conciliación, bien en forma de repatriación, bien en la de reparación o de arreglos sobre la propiedad de las tierras. Muy al contrario, Israel inició un procedimiento de “legalización” de las expropiaciones de bienes muebles e inmuebles abandonados por los refugiados palestinos y de traspaso de dichas propiedades a ciudadanos judíos. Para llevar a caso esas operaciones fue preciso someter a la aterrorizada minoría palestina que se había quedado en Israel a una dominación estrictamente militar. En el exterior, las menores violaciones de las líneas de alto el fuego desencadenaron como represalia operaciones militares totalmente desproporcionadas contra aldeas palestinas limítrofes, situadas en Cisjordania bajo control jordano o en la franja de Gaza bajo control egipcio; eran aldeas que ya se habían visto despojadas de sus mejores tierras de labor en 1948. Israel se anexó también las zonas desmilitarizadas y la tierra de nadie de Cisjordania; decidió de forma unilateral desviar las aguas del Jordán para adueñarse de ellas; procedió en numerosas ocasiones a desfiles militares en Jerusalén Oeste. Durante esos dos decenios el problema
palestino evolucionó y tomó el cariz de un conflicto entre Israel y los países árabes vecinos. En los años Sesenta, por último, los palestinos, desesperados, optaron por la lucha armada, bajo la égida de la Organización para la Liberación de Palestina.

En 1967 Israel llegó aún más lejos. En 1948 se había apoderado de la mayor parte de Palestina; ahora codiciaba las pocas tierras que habían quedado en manos palestinas. Entre junio y septiembre de 1967 el estado hebreo deportó a la otra orilla del Jordán a unos doscientos cincuenta mil residentes de los campos de refugiados situados en Cisjordania y Gaza, y se dispuso a aplicar a estos territorios recién ocupados la misma política de colonización sistemática que los sionistas habían aplicado ya en Palestina desde 1880 a 1948 y que había creado, cabalmente, el problema palestino.

Como desde 1967 Israel gozaba de un poder exclusivo y absoluto en los territorios ocupados, pudo facilitar la colonización de las tierras confiscadas gracias a todo un conjunto de medidas administrativas, jurídicas, económicas, psicológicas y coercitivas. Inmediatamente después del alto el fuego de junio de 1967, Israel procedió a la anexión de Jerusalén Este y proclamó a la ciudad “unificada” capital del estado judío. Los límites administrativos de Jerusalén se ampliaron para englobar grandes porciones de territorio palestino de Cisjordania. El estado procedió a expropiaciones en las tierras así anexadas, para construir viviendas destinadas a los colonos judíos “repatriados” de Rusia o de los Estados Unidos. En la Ciudad Vieja de Jerusalén, las excavadoras demolieron ciertos venerables monumentos religiosos musulmanes de la época medieval, cercanos al Muro de las Lamentaciones. Dentro del recinto amurallado de la Ciudad Vieja, fueron incautadas docenas de propiedades privadas musulmanas, en nombre del interés público, para convertirse en propiedades judías. Una vasta campaña de excavaciones puso a menudo en peligro los cimientos de algunos de los más sagrados santuarios musulmanes, sin permiso de las autoridades religiosas musulmanas. Tres florecientes aldeas situadas al pie de las colinas de la región de Latrun fueron literalmente borradas del mapa, y su población entera se vio expulsada de la noche a la mañana.

El estado israelí promulgó “leyes de emergencia”, tomadas de las leyes coloniales británicas y que se convirtieron en la base de su política. Dichas leyes permitían las detenciones sin orden judicial; permitían ejercer la censura sobre periódicos, libros y correspondencia privada; limitar los desplazamientos y la comunicación entre las personas; despedir a asalariados por decisión del ministerio de Defensa; asignar residencia forzosa a las personas o expulsarlas sin procedimiento judicial; prohibir ciertas zonas o autorizar otras; imponer toques de queda de duración ilimitada; confiscar o destruir bienes, etc. etc. En virtud de esas leyes el principio del habeas corpus cayó en desuso, al igual que el de libertad de expresión, de reunión y de circulación. Se destruyeron cientos de casas para castigar a los parientes de personas implicadas en hechos de resistencia o de meros sospechosos. Las tropas recibieron la autorización de disparar con balas sobre manifestantes sin armas, civiles, a veces colegiales. Miles de palestinos fueron encarcelados, cientos sometidos a torturas. La vida académica se vio afectada a causa de los numerosos períodos de suspensión de las clases en escuelas y universidades, de las frecuentes irrupciones de unidades especiales del ejército israelí en aulas y residencias de estudiantes. Más de cien eminentes ciudadanos palestinos, médicos, sacerdotes, feministas, jueces, profesores de universidad, funcionarios y dirigentes sindicales marcharon al destierro. Se destituyó de sus funciones a alcaldes elegidos, deportándolos y en ciertos casos incluso mutilándolos, con la complicidad de responsables de la administración israelí. Colaboradores y confidentes a sueldo de los israelíes recibieron dinero y armas. Las milicias constituidas por los colonos israelíes, armadas por el gobierno, pudieron hacer reinar impunemente su ley, cometer actos de vandalismo y asesinatos.

En el terreno económico, los territorios ocupados se convirtieron en un mercado cautivo, salida para los productos israelíes a expensas de las industrias locales. Los aldeanos palestinos sirvieron de reserva de mano de obra barata, dispuesta a desempeñar en Israel, por salarios miserables, unos empleos que ningún israelita hubiera aceptado. Los recursos hidráulicos de Cisjordania no sólo se destinaron al uso de los colonos israelíes, sino que fueron desviados hacia Israel. Y hasta la plantación de árboles o el cultivo de verduras en una parcela por campesinos palestinos estuvieron sujetos a una autorización previa de las autoridades israelíes.

Israel empleó dos medios para conseguir sus fines: uno consistía en expropiar la tierra o en impedir a los palestinos el acceso a ella; otro en implantar comunidades judías (las “colonias”), en construir ciudades en las tierras anexadas o en requisar ciertas zonas para las necesidades estatales. Se exploraron y escudriñaron todos los recovecos de las jurisdicciones de los regímenes que se habían sucedido en Palestina (pre-otomano, otomano, británico y jordano) para encontrar en ellos las argucias que permitían “legalizar”, racionalizar, disfrazar el expolio puro y simple realizado a costa de propietarios privados o colectivos, residentes o ausentes en el exilio, granjeros, aparceros, refugiados, pastores y beduinos. Cuando resultaba imposible hallar el menor pretexto, las tierras palestinas fueron declaradas, sin más, “patrimonio nacional” del pueblo judío, sin otra justificación. En 1984, cerca del 50% de las tierras de Cisjordania y del 30% de las de Gaza habían sido confiscadas con diversos pretextos: propietarios ausentes, “patrimonio del estado” (propiedad del gobierno jordano), requisas “por imperativos militares”, tierras prohibidas (campos de entrenamiento), tierras expropiadas “de interés público”. En todos esos casos, la tierra confiscada se reservó en exclusiva para el uso del gobierno israelí o de ciudadanos judíos de Israel.

Este proceso de enajenación de tierras fue acompañado por la implantación de colonias y ciudades judías. En los primeros tiempos, esas colonias revestían el aspecto de bastiones militares o paramilitares construidos en zonas deshabitadas por motivos de seguridad, o también de campamentos de excavaciones arqueológicas. Pero los sucesivos gobiernos israelíes, seguros de la aprobación de los Estados Unidos, que financiaban la colonización, implantaron ciudades y aldeas en regiones densamente pobladas por palestinos, en nombre del derecho que la Biblia les confería para volver a ocupar la totalidad de Erets Israel. En 1983 los colonos judíos habían creado unas 140 ciudades y colonias distribuidas por el conjunto de los territorios ocupados, anteriormente palestinos, y vivían en ellas. Es verdad que cierta porción — mínima — de las tierras confiscadas (30.000 dunums de un. total de 2,15 millones de dunums) era ya propiedad judía antes de 1948. Pero la restitución de las propiedades a sus legítimos poseedores de antes de 1948 se aplicaba solamente a los judíos, y en ningún caso a los bienes pertenecientes a palestinos en Jerusalén Oeste y en el propio Israel.

Los palestinos, y su dirección en el exilio, la OLP, asistieron con horror al expolio y a la lenta asfixia de sus compatriotas de Jerusalén Este, de Gaza y Cisjordania. Era una suerte aún peor que la que habían corrido sus padres hasta el “Desastre” de 1948.

El sionismo había despojado a los palestinos de sus legítimos derechos; la OLP respondió rechazando la legitimidad del derecho de los sionistas, y opuso la violencia palestina al terror israelí. Cuanto más activa se mostraba la OLP, más resistencia a la ocupación ofrecían los palestinos; y cuanto más resueltos se mostraban los palestinos, más determinación ponían los israelíes en extirpar toda veleidad de autodeterminación palestina, es decir, en destruir los organismos civiles y militares de la OLP. Así es como Israel se las ingenió para devastar el valle del Jordán, zona de paso de la OLP con base en Jordania, durante los años 1968-1970. Por la misma razón Israel invadió el sur del Líbano y los arrabales de Beirut, base de las operaciones de la OLP a partir de 1971. La operación llegó al paroxismo con el asedio y bombardeo de la capital libanesa, seguidos por las matanzas de Sabra y Chatila en 1982.

La suerte de los palestinos — los palestinos de los arrabales de Beirut, de la Ciudad Vieja de Jerusalén o de otros lugares—tiene ya una característica: su sufrimiento, físico o moral, apenas corre el riesgo de difuminarse, pues las heridas de ayer siguen vivas y a ellas se suman las de hoy.

A menudo el recuerdo del pasado que obsesiona a las víctimas va acompañado por un deseo de venganza; los protagonistas llevan en cierto sentido un “registro histórico” de sus conflictos, con objeto de “deslegitimarse” unos a otros. Pero esa mirada hacia el pasado puede también ayudar a construir el futuro. Y esa es la meta de esta obra. Nos proponemos dar a conocer mejor a los palestinos como pueblo residente en Palestina antes de su diáspora, describir la génesis y la evolución del problema palestino en su fase inicial. Ojalá este libro contribuya a una mejor compresión de la situación actual de los palestinos y de las condiciones previas indispensables para una solución honorable desde el punto de vista palestino, una solución que tenga en cuenta los datos históricos atestiguados.

Antes de su diáspora se ha fijado un marco de hechos y fechas perfectamente circunscrito. El objeto principal del libro consiste en presentar cierto número de fotografías complementadas con unos pies. No se ocupa de la empresa sionista en sí, ni del conflicto árabe-israelí en general. Situamos el comienzo de esta “historia a través de la fotografía” en 1876. Ante todo, a esa fecha se remontan las más antiguas fotografías palestinas; en segundo lugar, es también más o menos la época en que el sionismo empieza a manifestarse en Europa oriental. Nuestra historia termina el 15 de mayo de 1948, fin oficial del Mandato británico; fin de la fase de “guerra civil” de la primera guerra árabe-israelí; fundación, por la fuerza, del estado de Israel, y su consecuencia: el inicio de la diáspora palestina. Con algunas raras excepciones, no hemos querido añadir fotografías de acontecimientos contemporáneos, ligados con la historia de Palestina, pero que se desarrollaron fuera del país. Algunos de esos acontecimientos se citarán, en cambio, en las introducciones y las cronologías. La introducción histórica a la primera parte recuerda episodios que pertenecen a la Antigüedad.

El plan del libro es cronológico. Comprende cinco partes principales: el final de la administración otomana (1876-1918); desde la ocupación británica a la Gran Revuelta palestina (1918-1935); la Gran Revuelta (1936-1939); desde la Conferencia de Londres a la recomendación de partición de la ONU (1937-1947); y, por último, los seis meses de la guerra civil (noviembre de 1947-mayo de 1948).

Las fotografías de la primera parte se organizan en líneas generales en torno a aspectos de la vida política, social, cultural y religiosa, y concluyen con una “galería de retratos”. Las de las partes II y IV se clasifican alrededor de los mismos temas, aunque de forma más sistemática. Las fotografías de las partes tercera y quinta se refieren casi exclusivamente a los grandes acontecimientos políticos y militares de los períodos correspondientes. La primera parte abarca el período más largo: cuarenta años, aproximadamente; la última recubre un lapso de tiempo muy corto: seis meses. Se han realizado minuciosas investigaciones para fechar exactamente cada fotografía, o para acercarse lo más posible a la verdad. En ciertas secciones ha sido imposible seguir un orden estrictamente cronológico.

La mayoría de las 474 fotografías aquí agrupadas provienen de un fondo de unos 10.000 documentos reunidos en los archivos del Instituto de Estudios Palestinos de Beirut, trasladados en la actualidad a Ginebra. Las colecciones más valiosas del Instituto son las de los legados de Wasif Jawhariyyah y Khalil Raad, a las que se suman adquisiciones o donaciones hechas por particulares, palestinos o árabes. Para completar esta selección, indagamos también en los archivos fotográficos de otras varias instituciones de Gran Bretaña o de los Estados Unidos, que se citan más adelante. No fue tarea fácil recoger e identificar fotografías procedentes de palestinos diseminados por muchos países. Este trabajo se emprendió en el Líbano, pero a medida que la situación se deterioraba la tarea resultaba más ardua. Seguramente existen en todo el mundo, en fondos públicos o privados, otras muchas fotografías que hubieran hallado aquí su lugar, pero a las cuales no pudimos tener acceso. Una pesquisa más a fondo habría permitido, sin duda, enriquecer la presente colección, pero, por razones prácticas, tuvimos que poner un límite a nuestras investigaciones.

Hemos elegido las fotografías en función de su contenido y de su significación, más que por su valor estético. Así, pues, a veces se encontrarán fotografías de mala calidad, seleccionadas por el tema que ilustran. Nuestra elección estuvo dictada también por razones de equilibrio entre secciones y subsecciones. Es preciso decir, por último, que las fotografías aquí presentadas reflejan necesariamente las características de los documentos disponibles. Nos hemos esforzado por representar lo más completamente posible los aspectos de la vida palestina, pero quedan lagunas fáciles de detectar.

Cada fotografía lleva dos números: uno es el número de orden en la presente obra, otro su signatura en los archivos del Instituto de Estudios Palestinos o en otras colecciones. En los comentarios sólo se menciona el número de orden de este libro. Se encontrará la referencia y la signatura de cada fotografía en la lista de las págs. 349-351. Casi todas las fotografías de este libro son reproducciones a partir de copias, pues los negativos originales ya no eran accesibles.

En lo que concierne a la transcripción de las palabras árabes al castellano, hemos adoptado reglas simplificadas — sin puntos diacríticos, acento circunflejo para las vocales largas —, más apropiadas para el gran público al que la obra está destinada. Las ‘ayn y hamza se han distinguido, pues, salvo en el caso de ciertos topónimos cuya ortografía ha europeizado el uso. Los nombres de personas aparecen con la grafía adoptada en cada caso por los propios interesados.

Una última observación en lo concerniente al término “palestino”: desde 1948, y cada vez más, el término se emplea para designar al árabe palestino, y en ese sentido lo hemos utilizado nosotros.

Numerosas personalidades e instituciones han colaborado en la preparación de este volumen. Deseamos dar las gracias muy en especial al Imperial War Museum de Londres, al Matson Photo Service del Episcopal Home de Alhambra, California, y al Centro de Información de la OLP de Beirut, por habernos autorizado a utilizar fotografías de sus archivos.

El Sr. Fathi Qaddoura consagró una atención muy especial a este trabajo, comisionado por uno de los dos principales patrocinadores del proyecto, el Arab Bank Ltd., de Ammán. El profesor John Munro accedió a redactar la primera versión de los pies de fotos; la señorita Juliana Peck y el padre Daniel Harrington, S.J., releyeron las introducciones y el prefacio. El señor Muhammad Ali Khalidi comprobó la exactitud de las introducciones, comentarios y cronologías. Los tres aportaron valiosas indicaciones. El Sr. y la Sra. Sa‘id Abu Hamdeh prodigaron su tiempo y su competencia para el trabajo de revelado y tratamiento de las fotografías. La señorita Martha Dukas nos hizo el gran favor de presentarnos al grafista, Richard Zonghi.

Muchas de las fotografías publicadas en este libro pertenecen a la colección legada por Wasif Jawhariyyah, de Jerusalén, un conocido aficionado al arte palestino, autoridad indiscutible en materia de gusto. El Sr. Jawahriyyah confió su inestimable colección al Instituto de Estudios Palestinos, y me siento especialmente feliz y orgulloso de poder presentar al público al menos una parte de ese prestigioso legado. También hemos sacado mucho material de la singular colección del llorado Khalil Raad, de Jerusalén, el más importante fotógrafo profesional palestino de su época. Deseo expresar mi más profunda gratitud a las familias de esas dos eminentes personalidades. Otras muchas personas nos ayudaron a identificar fotografías, o nos regalaron fotos procedentes de sus álbumes de familia. Deseo expresar mi agradecimiento a todos: el Sr. y la Sra. Abd al-Rahman Abd al-Hadi, la Srta. Soraya Antonius, la Sra. Hanna Asfour, el Sr. Anton Attallah, la Sra. Mu‘in Bisisu, el Sr. Abdurrahman A. Bushnaq, el Sr. Kamel Deeb, la Sra. Salma Jayyusi, el Sr. Salim Katul, el Sr. y la Sra. Khulusi Khairi, el Sr. Rashid Khalidi, la Sra. Dominique Roch, el Sr. Fuad Saba, el Sr. Yusuf Shadid, la Srta. Hilda George Shibr, el Sr. y la Sra. Adel Taji, el Sr. Izzat Tannous, el Sr. Ghaleb Suleiman Tuqan, la Sra. Suha Tuqan, la Sra. Milli Ziyadeh y el Sr. Nicola Ziyadeh.